Ganador V Certamen Relato Corto "Alcaudete Villa Calatrava"

SUB UMBRA

El misterio

Dios había querido que nuestro grupo llegase a aquellas tierras, tras el arroyo de Porcuna, por esos caminos enfangados de abril, sin más novedad que el polvo y el cansancio. Me habían encomendado a dos personas ilustres. Una, un joven caballero de unas veinticuatro primaveras, en la plenitud de la vida, llamado Martín y, no lo quisiese Dios, a una dama de linaje también, con el nombre de Blanca, de menos de veinte, junto a la que, por prudencia cristiana y lealtad a mi Orden, ya que me enorgullezco de ser calatravo, cabalgaba como ausente, y con la que intercambié pocas palabras y las miradas justas.

Me llamo Diego Manrique y el ayuno, que mi orden exige cuatro días a la semana, me fue dispensado por el prior, a causa de la responsabilidad del viaje y del cortejo. Nos dirigíamos a la Medina de al Q­abdat, nombre que los moros le habían puesto, y que en su lengua significa “ciudad de los manantiales”. Quizá fuese por confluir en él tres ríos, que son gran don de la naturaleza en la sequedad de estos páramos.

Un anciano tuvo la caridad de abrirnos su choza para dormir, ya que partimos tarde, y yo reposé con mi armadura puesta, y comí y recé en silencio, igual que si me encontrara entre los hermanos en el refectorio o en el oratorio. Me levanté a cosa de dos a tres, que lejos de los míos no atino bien con las horas, y cumplimenté Maitines. De rodillas veía las luces del firmamento, y di las gracias al Altísimo, rozando mi escapulario.

—Señor, apiádate de mis debilidades en estas horas de Satanás—susurré, ya que Lucifer trabaja para tentar al humano, siempre frágil y propenso a la caída, muy a menudo a causa de una mujer, desde Eva hasta hoy. Y me agarraba a la cruz negra de mi capa, para obtener fuerza.

Entonces escuché, muy tenuemente, aunque la noche es un gran oído (como el día un inmenso ojo) a mis compañeros de travesía. Bisbiseaban, por lo que deduje que se hallarían en la misma habitación. Yo me encontraba junto al viejo campesino y, existiendo dos cubículos más, entre el grano y los utensilios de labranza, allí se habían instalado al caballero en uno y a la dama en otro.

—¿Necesitáis algo? —dije a mi vez, blandamente. Aunque nadie repuso.

Me azoré, pues no me habían comunicado ningún tipo de parentesco entre ellos. No pregunté a mi superior: las órdenes se obedecen al punto, desde el abad de Morimond abajo.

Una puerta, de batiente tan roto que crujía, se abrió, y hube de observar cómo la doncella, envuelta en una túnica blanca, igual que si se tratase de un ánima, entraba en su alcoba. No juzguéis y no seréis juzgados, recordé, frase que, en caso de duda, ha de seguir un cristiano, pues salió de los divinos labios de Jesús.

Me dormí de nuevo, soñando con mundos subterráneos y fortalezas de vidrio, que nos habían enseñado a soplar los sarracenos, llenas aquellas de mujeres desnudas y de hombres abrasados, negros como el tizón, quienes tras sus carnes corrían desatinadamente.

—Dios ha querido que vea el sol de nuevo.

Amanecía ya y recé Laudes. Pedí a María Santísima me preservase del mal y, aún más, del pecado, que lleva al Averno. Me hube de colocar la capa blanca de mi orden sobre la armadura, con su cruz negra y flores de lis en las puntas, debidas al abad de Morimond, en Francia.

Entonces se acercaron los jóvenes señores y desayunamos unas gachas con vino que, debido a la escasez de la cena, nos supieron a melindres de reyes, pues no hay salsa más deliciosa que el hambre.

Rayaba el alba y vi a mis acompañantes cambiados, medidos con el día anterior. Se mostraba Don Martín pálido y ojeroso, muy embebido en sus pensamientos, lento y triste, como quien presagia malas noticias. Lo cubría una capucha con botones. Se llevaba a la boca el breve condumio, cumpliendo con la regla de vivir. En cambio, doña Leonor se había vestido y tocado. Y, a pesar del control que la castidad ha de imponer a los ojos nuestros, no se me pasó su turbante de cristiana, que creo llaman almízar, que de mujeres sé poco, el terciopelo, la redecilla con perlas, un cabujón en el cuello, y así mil argucias más que usan las señoras para enloquecer a los hombres desprevenidos. La dama entregó al viejo una monedita de plata, y el pobrecillo no daba crédito a su suerte y le besó la mano, llorando.

A las pocas horas vimos la sierra de Orbes, y Ahillos, que presidía todo lo que se nos presentaba, así como el río Víboras, o Bíboras, llamado como la Encomienda, con su puente romano. Se palpaba la fertilidad y había huertos en abundancia, y los niños eran gordos y robustos y gritaban y lloraban con energía, lo cual es extraño en otras partes. Había, también, tejones, ginetas y erizos, me contaron los pequeños, por lo que nunca faltaba que comer, junto a los peces de los ríos, y berenjenas y cebollas, que se daban a cientos y se tomaban a lo moro, con miel de abejas, pues son gente muy amante de lo dulce.

Pero fue al ver el fuerte de mi Orden, lo que me impresionó y dejó suspendido, pues era tan ajeno a la tierra como la Ciudad de Dios, que había leído en San Agustín, inexpugnable y hecho no por brazos de hombres sino angélicos. No digo lo que es, sino lo que, en mi ignorancia, hubo de parecerme.

Era evidente que en su construcción se habían medido los números sagrados, en una divina armonía. Ocho es el número de la perfección de todo tetrágono; cuatro, el de los Evangelios; cinco, el de las partes del mundo; siete, el de los dones del Espíritu Santo y tres el del Misterio de la Santísima Trinidad. El foso era tan ancho, y con tanta agua, que dejaba a los ríos avergonzados y como en estiaje.

—¡Cuánta perfección!—exclamé, aunque seguían callados.

Entonces se acercaron muchos habitantes de aquel castillo para atendernos y darnos lo que hubiéramos de necesitar. Y aquí vino mi estupefacción, pues a quien yo allí llevaba era a la novia de un señor principalísimo, poco por debajo de nuestro rey, Don Fernando, y donante de la Orden. Don Martín, tapando el rostro, lloraba como mujer, aunque ella no le mirase, por lo que comprendí al punto la hilatura que se tejían.

Salió Don Juan con atavíos de monarca, y con el jamelgo tan bien aderezado, que nuestros mulos daban risa y pena. Su visión maravillaba a los campesinos, soldados y monjes. Aunque no a la novia, pues debía de estar cerca de los cincuenta su señoría, o quizá los sobrepasaba ya, y era evidente dónde había ella depositado su corazón femenil.

De pronto, Don Martín, que había descabalgado, se acercó al foso y se tiró. No dio tiempo a salvar su vida, aunque todo hubo de intentarse. Había unos ochenta codos de altura, y abajo un peñasco que le abrió los sesos. Nos hicimos la señal de la Cruz, con pánico, ante el desatino de matarse uno mismo, e ir al Fuego Insaciable y sin remisión. Se recuperó el cuerpo, mas no se le quiso dar tanta importancia al horrible incidente, porque el Clavero y el Prior nos encargaron que no envolviera la amargura aquel epitalamio, tan hondamente agradecidos se sentían a Don Juan.

—Haré lo que pueda, señores—prometí.

Me encargué del enterramiento, simple, el que se debe a un suicida. La novia ni volvió la cabeza, ni dibujó un gesto que la hubiese delatado. Para mí, que era el plan que se traían en la covacha.

Tras la ceremonia, que tuvo lugar en la iglesia del castillo, se desplegó el banquete. La novia callaba, y todos andaban alabando su seriedad y discreción, pues una mujer en silencio muestra toda su hermosura y agrada al Altísimo. El ya marido la miraba atónito por su belleza, que excedía lo comunicable.

De lo que sucedió a continuación no puedo dar fe, estando ausente, aunque entre los nuestros, todo atisbo de mentira es impensable. Así fue la dorada Leonor con unas muchachas de la localidad a asearse a una cámara, adyacente a la de Don Juan, por presentarse perfumada ante su nuevo amo. Ya cantaban aquellas jóvenes tornabodas y las risas e indirectas se sucedían, como suelen en tales acontecimientos. Pero doña Leonor dijo que se asfixiaba por los vapores del agua, que habían puesto a calentar en la bañera, y que iba a tomar un poco de fresco junto a una ventana que allí había.

Se tiró al mismo foso que Don Martín, aunando los dos el maldito pecado del suicidio; mal así llamado, pues homicidio es, ya que acaba con humana existencia, también robo, pues le quita a Dios lo que es solo suyo y, sin dudar, una locura, ya que del mal incierto que es el dolor que atormenta, se dirige el alma a un mal certísimo e incurable.

Y, sin embargo, no fue ella enterrada en cualquier espinar o pedriza, sino que el viudo hizo que se oficiara una Misa de Difuntos como de princesa, y lloró lo que tuvo sin llegar a tenerlo jamás, y juró que era justicia lo que había sucedido, pues tanto había hecho él sufrir a las mujeres que una le debía tornar el mal que infligió a muchas. Y no reposaba ni un instante de sus rumias y letanías.

Al año siguiente Don Juan casó con otra dama, aún más joven y bella que doña Leonor.

—¿Qué sucedió? ¿Por qué fue?-me han preguntado muchas veces.

¿Quién envidiaba a Don Juan en la Orden? ¿Quién envió a la pareja de enamorados?

Lo cuento solo por si sirve de lección a las generaciones que, si Dios así lo pretende, han de venir al mundo, para que piensen cómo nada distinto de obedecer a Nuestro Señor ha sentido y, si no lo creyeren, vean las consecuencias de tales actos. Y si alguno, en las centurias venideras, quisiese deshacer el misterio, aquí lo expongo al detalle. Únicamente por tal razón, que no por banalidad, he empuñado este viejo cálamo en mi celda. Que Dios tenga piedad de mis ojos, cuyo pabilo se apaga, y de mi alma, que ya fuerza por partir hacia Él. AMÉN.

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La autora:

Gloria Fernández Sánchez, de Madrid.

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