Ganador IV Certamen Relato Corto "Alcaudete Villa Calatrava"

Mansubat

Frontera sur del Reino de Castilla, junio del anno domini 1244

El castillo de Alcaudete se alzaba orgulloso sobre un promontorio rocoso. Entre sus murallas, se abigarraban unas cuantas casas de valientes hombres y mujeres que habían decidido probar suerte en un territorio como aquel. Desde la distancia, sus seis torres de piedra se veían desdibujadas en el horizonte por el espejismo del calor. El sonido de los cascos de la yegua de Alonso se mezclaba con la cacofonía de cantos de chicharra que sonaban desde la infinidad de olivos que salpicaban el paisaje. Aquella fortaleza había sido su hogar en los últimos años, un lugar dónde chicos de frontera como él podían prosperar en una de las órdenes militares que estaba siendo la punta de la lanza en la expansión hacia el sur de Castilla: la orden de Calatrava.

No hacía apenas una semana que Alonso había sido ordenado caballero y jurado los votos de obediencia, castidad y pobreza. A sus veintitrés años, portaba el manto albo con la cruz negra de su orden con sumo orgullo y con mucho cuidado de que no recogiese excesivo polvo del camino. Su túnica era sencilla, parda, ceñida por un cinturón del que pendía una espada de pomo circular. Cubría su cabeza con una crespina de color crudo que no conseguía esconder por completo su revoltoso cabello castaño. Cabalgaba sobre los restos de una antigua calzada romana mientras imaginaba cuántos hombres y mujeres habrían transitado aquellos caminos antes que él. Pensar en eso le hacía sentir diminuto, mundano. Como un pequeño peón de ajedrez en un gigantesco tablero en el que se jugaban la partida Dios y el Diablo.

Poco antes de llegar al puente de piedra que cruzaba el río Víboras, algo le sacó de sus pensamientos. Atisbó una figura humana sentada bajo la sombra de un gran olivo. Como soldado de frontera, su instinto hizo que se tensaran sus músculos y llevase su mano derecha a acariciar la empuñadura de su espada mientras guiaba al caballo con las piernas. Cuando se hubo aproximado a la sombra del árbol y sus pupilas se adaptaron a la penumbra, se dio cuenta de que era una mujer la que descansaba al frescor del olivo. Era joven, tal vez de su misma edad, rubia, de facciones agradables y se hallaba leyendo un gran libro que reposaba sobre sus piernas cruzadas cubiertas por una túnica color celeste. La chica levantó la mirada, de un verde jade, y esbozó una sonrisa:

– Shalom, caballero.

– A la paz de Dios, mi señora – respondió Alonso en tono cortés, sacando pecho e inclinando ligeramente la cabeza desde encima de su montura.

– Suemy.

– No hablo hebreo, mi señora…

– Llamadme Suemy, caballero – dijo la chica soltando una pícara carcajada – significa flor blanca – añadió.

Alonso estaba algo sorprendido del descaro de aquella de joven judía que, a juzgar por su cabello recogido pero destocado, parecía soltera.

– Sois muy directa, Suemy. ¿Acaso no se hallan cerca vuestro padre o marido?

– Mi padre es rabino en Jaén. Ahora sois vos el osado preguntándome por mi marido. – respondió ella aparentemente dolida.

El caballero enrojeció de vergüenza al darse cuenta de que se había propasado con una desconocida, algo nada propio de un calatravo como él. Se dispuso a disculparse pero le interrumpió de nuevo la cantarina risa de Suemy.

– Mi marido me repudió por infértil hace tres años. ¿He respondido ya a todas vuestras preguntas, mi señor? – añadió con falsa inocencia.

Alonso se sentía ruborizado. Sobrepasado por la conversación desvergonzada de aquella joven desconocida. Desvió la mirada de los ojos de la muchacha y la posó sobre el libro que descansaba en el regazo de la joven. Ella se percató del gesto y, cerrándolo cuidadosamente añadió:

– Puedo dejároslo, si os interesa. Es un manual de plantas en latín.

– Muchas gracias, pero no está entre las labores de un calatravo el emplear tiempo en esos menesteres. Sabe Dios que la guerra santa y la oración son nuestro cometido. Es lo que el Altísimo espera de nosotros, mujer. – respondió Alonso henchido de orgullo.

– No sabéis leer, ¿verdad? – increpó Suemy. – Yo puedo enseñaros.

Esto era demasiado para Alonso. Debía liberarse de esa conversación y continuar con su camino pero había algo en su fuero interno que le impedía espolear a su montura castaña hacia delante.

– Dios os guarde, mi señora – se despidió Alonso volviendo de nuevo a la formalidad del lenguaje.

– A vos también, gentil caballero. Ahora ya sabéis dónde encontrarme – se despidió Suemy con una pícara sonrisa.

El camino de regreso al castillo desde el puente se le hizo a Alonso extrañamente corto. De hecho, fue su yegua la que, conocedora del recorrido, guió a su ensimismado jinete. Sus pensamientos no se habían despegado ni un segundo del encuentro con la enigmática judía. Tanto, que al llegar a la puerta de acceso a la fortaleza le sobresaltó la voz de uno de sus frares calatravos:

– Menuda cara traes, Alonsillo.

El caballero que le hablaba parecía estar hecho de la misma roca que el castillo. Joven, alto y fornido, la mezcla de su cabello terroso y su piel curtida del mismo color le hacían asemejar un cántaro de barro. Sus dientes, desiguales y amarillentos, lucían como un rebaño de ovejas en un erial.

– ¿Qué hay de malo en mi cara, frare Juan? – preguntó algo turbado Alonso.

– Pues que parece que se te haya aparecido la Virgen – añadió Juan santiguándose.

– Cuidado con blasfemar, hermano. – respondió Alonso airado.

Alonso bajó de su montura y, cogiéndola por las riendas, se dirigió a los establos con un único pensamiento en su mente: volver a cruzar aquel puente.

Durante las siguientes semanas, Alonso se ofreció voluntario a cuántas tareas le llevasen a cruzar el río Víboras en solitario. Las dos primeras ocasiones en las que regresó allí no encontró a nadie. Pero su suerte cambió la tercera vez, pues aquellos ojos verdes le esperaban debajo del mismo olivo. Alonso aprendió a leer, pero era la excusa perfecta para sentir cerca la presencia de Suemy. Para que su voz acariciase sus oídos, para notar un prohibido roce fortuito. Al conocerla, supo con certeza que los conocimientos naturales de la chica le habían servido para no quedar encinta y deshacerse así de un marido que no podía soportar una mujer más inteligente y culta que él. Tras cada encuentro, los sentimientos de Alonso oscilaban entre el placer de disfrutar de la compañía de la chica cuando estaban juntos, a la culpa penitente de un caballero al servicio de Dios que veía flaquear su voluntad.

Ya no era el peón de ajedrez de unas semanas atrás. Ahora se sentía el caballo que protegía a la reina. A su reina hebrea de cabellos de trigo.

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Omar ibn Muhammad observaba la villa de Alcaudete desde una elevada colina. Era un hombre de mediana edad, rostro rubicundo enmarcado por una barba rojiza y expresión ceñuda. Antiguamente, su familia había poseído tierras y caballos en aquel lugar que ahora defendían los caballeros de Orden de Calatrava, para Omar, una horda de fanáticos asesinos a los que la expansión del reino de Castilla les daba una excusa para exterminar musulmanes. Su aceifa no tenía la intención de tomar la bien protegida fortaleza, si no la de algarear en los olivares en busca de esclavos. Tras él, una veintena de andalusíes a caballo y mercenarios de toda calaña equipados de manera ligera y montando a la jineta, aguardaban las órdenes de su veterano líder.

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Alonso estaba encargado de vigilar las puertas de la villa en aquella calurosa tarde de septiembre. Equipado con la lóriga de malla bajo la sobrevesta blanca, el almófar cubriéndole la cabeza y el yelmo de caballería bajo el brazo, parecía un guerrero esculpido en mármol. Hacía ya dos semanas desde su último encuentro con Suemy, y se esforzaba por mantener su mente ocupada en los menesteres de su Orden. Esa misma noche, había tomado la determinación de dejar de verla. Él había sido criado y educado para ser un caballero. Un paladín del cristianismo. En su mundo no había matices, igual que en los colores de su manto de calatravo. Debía dejar de lado el ser el caballo que protege a la reina, para ser la torre que guarda al rey en la frontera contra el infiel. Mientras sus pensamiento se afianzaban en esa posición, un grito lejano le devolvió a la realidad.

– ¡Moros! – gritaba un hombre joven mientras corría pueblo arriba en dirección a la fortaleza. – ¡Una partida de moros a caballo!

Alonso reconoció vagamente al joven que corría gritando hacia él: era hijo de un labrador que vivía en una cabaña muy cerca de la fortaleza. Su rostro lampiño y alargado se hallaba desencajado. Cuando el labriego se hubo acercado al calatravo continuó casi sin aliento:

– Una veintena de hombres a caballo están algareando al norte de aquí.

– Tranquilo, buen hombre. Entrad en la fortaleza. Esos infieles no son conscientes de a quién se enfrentan. Somos la espada de Dios en este valle.

– Muchas gracias, sire. – respondió el campesino. – A estas alturas deben de estar a punto de cruzar el río por el puente de piedra.

Un torbellino de sentimientos se desató en el interior de Alonso. El puente. El gran olivo. Suemy.

Lo más seguro era que ella no se encontrase allí en ese momento, pero no podía evitar pensar en lo que podía ocurrir si la partida de jinetes la encontraba allí sola. Por un momento, dejó de ser la torre enrocada para ser de nuevo el caballo en busca de su reina. Corrió como alma que lleva el diablo hacia los establos donde su arcilloso hermano de armas acababa de ensillar a media docena de caballos. Subió ágilmente al primero que encontró, una yegua baya de briosos ademanes, y picó talones bajo la atónita mirada de su compañero.

Recorrió a toda uña el trayecto que separaba Alcaudete del viejo puente. La mirada fija en el horizonte, los dientes apretados. El sol comenzaba su lento descender tras la sierra de Orbes, alargando las sombras como tentáculos.

Cuando el puente ya se dibujaba en la lejanía, Alonso distinguió nítidamente la figura de Suemy corriendo hacia él. La túnica levantada por encima de los tobillos, la melena rubia desmadejada ondeando tras ella. El corazón de Alonso dio un vuelco cuando la vio. El cálido sentimiento de haber llegado a tiempo de salvarla le inundó el alma. Sofrenó el paso de la yegua y se quitó el yelmo con facial para que ella pudiese reconocerle.

Mientras la joven hebrea corría atravesando el puente, se llevó súbitamente las manos al cuello y cayó bruscamente hacia detrás. La sangre se heló en el pecho de Alonso cuando vio cómo un jinete galopaba tras ella y lanzaba una soga con lazo atrapando el fino cuello de Suemy. Ese cuello que él, dedicado a la guerra y la oración, había deseado tantas veces besar. Ese cuello del que se había aprendido todas las constelaciones de pecas como un experto astrónomo . El cuello por el que todo su mundo se había tambaleado. Su mundo en blanco y negro. El mundo en que se juega la eterna partida.

Con los ojos inundados en lágrimas y las manos temblorosas, volvió a colocarse el yelmo sobre el almófar mientras, uno tras otro, la veintena de jinetes iba cruzando el río Víboras. Lentamente, como quién sabe de antemano los siguientes movimientos, Alonso desenvainó su espada haciendo que el sol de poniente arrancara destellos anaranjados en el filo. Su yegua piafaba intranquila, sintiendo la ira de su amo.

Los andalusíes, con el avezado Omar a la cabeza sosteniendo la cuerda que amarraba a una agonizante Suemy, esperaban la reacción del calatravo con la total certeza de que volvería grupas hacia la fortaleza. No fue así.

Alonso no podía ver a Suemy. El rango de visión dentro de su yelmo era estrecho. Tan sólo veía las sombras oscuras de sus enemigos bajo un mortecino sol. Alineados en el tablero. Una extraña sensación reconfortó al joven caballero. Por primera vez desde que conoció a aquella chica judía, su mente volvía a pensar en escala de grises. Matar o morir. Moro o cristiano. Dios o el Diablo. Al fin y al cabo, había sido instruido para eso.

A pesar de su montura, su cota de malla y su espada, volvía a sentirse un peón. Sin rey. Sin reina. La frágil burbuja en la que había vivido esos pocos meses acababa de estallar haciéndole volver a su realidad. La mujer que había llenado de color sus días yacía en el suelo junto a cualquier atisbo de esperanza para el joven caballero. Antes de espolear al animal y lanzarse al galope espada en mano contra una muerte segura – que Alonso casi anhelaba – , susurró unas palabras:

– Jaque mate.

FIN

El autor:

ELOY ORTEU FALCES: Nacido en 1986, oriundo de Boí, en el Pirineo de Lleida, aunque residente en Monzón (Huesca).

Es profesor de Historia y Filosofía en un centro educativo , trabajo que compagina con el oficio familiar, la ganadería extensiva de ovino y vacuno.

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